40 años sin el Picasso de la alta costura, Balenciaga


23/3/1972 – Muere en Jávea (Alicante) Cristóbal Balenciaga, nacido el 21/1/1895 en Getaria (Guipúzcoa), indiscutido maestro de la alta costura.

Apodado el Picasso de la alta costura por su constante investigación de formas y tejidos, Balenciaga siempre fue por delante de sus colegas, siendo considerado, aun en la actualidad, como el maestro de maestros de la alta costura. En 1938 se avanzó al New Look, y en 1947 lanzó la línea Barril, que el Harper’s Bazaar calificó como ‘realmente innovadora’, frente a un New Look de Dior de silueta retro. Tan adelantada en su tiempo, que fue un fracaso comercial: las mujeres no estaban preparadas. Más adelante se adelantaría a Kawakubo y Yamamoto en la concepción del volumen que propusieron en los Ochenta.

Sus referentes fueron Chanel y Vionnet, sin olvidar al maestro español de la alta costura, Pedro Rodríguez. Su concepción de la alta costura era muy rigurosa: “Un couturier debía ser un arquitecto en los planos, escultor en las formas, pintor en los colores, músico en la armonía y filósofo en la medida”, dijo siempre.

Balenciaga tuvo en Givenchy un gran admirador y discípulo tardío desde 1953, año en que se conocieron. Y con él aprendieron el oficio Courrèges y Ungaro.

Balenciaga se inspiró en el siglo XIX, especialmente en los polisones, y fue el introductor en la alta costura del tema español, inspirado en la austeridad de la época de Felipe II, la sobriedad de la indumentaria religiosa, y las tradiciones populares. Su inspiración provenía, sobre todo, de Velázquez, Goya  y Zurbarán. En palabras de Diana Vreeland, “la inspiración de Balenciaga provenía de las plazas de toros, de los bailarines de flamenco, de los holgados blusones que llevan los pescadores, del frescor de los claustros”. Un Made in Spain auténtico y conceptualizado, que hasta hoy no ha sido superado: es el gran trauma de la moda española.

Su paleta de colores también conectaba con sus orígenes: los grises y azules del Cantábrico; los rojos, marrones y negros de la tierra, los trajes populares de vascos y castellanos; los rosas y púrpuras de la Iglesia.

Perfeccionista del corte, Balenciaga centró su investigación en la construcción de cuellos y mangas, obsesionándose con encontrar la “manga perfecta”, patronada incluso mediante una ecuación. En este sentido, sus hallazgos son verdaderas obras maestras.

Opuesto en todo a Dior, se alejó del énfasis de la cintura que proponía, optando por prendas 3/4 de cuerpo holgado, que sentaban bien a todas las siluetas, llegando en los Cincuenta a la línea Saco, evolución de la línea Barril, esta vez sí un éxito total.

Balenciaga entendía el vestido como un armazón capaz de transformar la silueta femenina, y acabó convirtiendo a la mujer en el elemento sustentante de una estructura geométrica, en una depuración de las formas que lo llevó hacia la abstracción en sus últimos años, cuando experimentó con los tejidos, jugando con el reflejo de la luz, y depurando las siluetas, cada vez más minimalistas.

Como Vionnet, evolucionó hacia un corte simple de las prendas -inspirado en la indumentaria religiosa-,  dando como resultado siluetas abstractas que no revelaban el contorno del cuerpo.

Muy estricto en su concepción del oficio, nunca flirteó con la publicidad ni pensó en desarrollar su empresa, al contrario que Dior. Además, Balenciaga no vendía ni toiles ni patrones a los grandes department stores americanos, sino sólo modelos originales salidos de su casa de costura, en número y series limitadas.

Contrario a las copias y fiero guardián de sus clientas –se vanagloriaba de vestir sólo a las pura sangre-, en 1956 decidió plantar a la prensa, presentándole la colección un mes más tarde, después que clientas y buyers hubieran realizado y obtenido sus encargos, para evitar las copias. Algo que, secundado por Givenchy, hizo hasta un año antes de su retirada. Algo impensable hoy, aunque en cierta manera emulado por Tom Ford, que, entonces obtuvo la cobertura de las revistas reinas, Vogue y Harper’s Bazaar, que volvían a París para cubrir ambas colecciones, dedicándoles un especial.

En 1968, año de la revolución estudiantil en París, Balenciaga se retiró de la moda, consciente de que no había sitio para el lujo y la elegancia que él había representado. Y la alta costura no volvería a ser lo mismo.

Desde siempre obsesionado por su privacidad, nunca concedió una entrevista. Sólo en 1971, una vez ya retirado, la periodista Prudence Glynn, consiguió una para el Times.

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