La tarea de cada 11M: Olvidar recuerdos


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“Nuestra vida es un constante viaje, desde el nacimiento hasta la muerte. El paisaje varía, la gente cambia, las necesidades se transforman, pero el tren sigue adelante”, Paulo Coelho

En la vida hay momentos que se marcan a fuego… Bien es cierto que nadie podrá olvidar que un 11 de marzo de 2004, a las 7:40 de la mañana, cuatro trenes explosionaron en las estaciones de El Pozo, Santa Eugenia, Atocha y en la calle Téllez, 500 metros antes de llegar a la estación de Atocha, llevándose por delante la vida de 191 personas y que cambió el rumbo de un país que ya hacía fuerza para luchar contra el terror y la tiranía de la violencia.

Lo recuerdo como si fuera ayer, lo que estaba haciendo, lo que vi y sobre todo lo que sentí, es curioso como son esas sensaciones las que se nos meten dentro, aún nos hacen temblar al recordarlas.

Aquel jueves 11 de marzo de 2004, recuerdo que me despertó en el Colegio Mayor donde vivía en Madrid en mi segundo año de Periodismo una llamada de mi familia desde Galicia. Recuerdo el sonido estridente que hacen las ambulancias…  Aquel día en la facultad de Periodismo de la Complutense no tuvimos clase porque había una huelga de personal de limpieza. Enseguida bajé a desayunar, fui a ver la televisión cuando me di de bruces con la noticia que me habían adelantado mis padres por teléfono. A esa hora tan temprana decían que habían sido unas bombas, pero aquellas imágenes parecían de un bombardeo. Me vestí y me prepare para dirigirme a la universidad, aunque no había clase, quería mirar algunos libros en la biblioteca. Al salir a la calle, es imposible describir lo que sentí al ver cortado un carril de una gran avenida, para uso exclusivo de las cientos de ambulancias que no dejaban de pasar. Fue algo que aún me pone los pelos de punta y que me dejó un malestar que en la vida se me va a olvidar. Mis amigos y yo estábamos más pendientes de localizar a los que podrían haber estado en ese tren que de dar clase, hicimos el típico “5 minutos de silencio” y os aseguro que la tensión se podía cortar con un cuchillo, normalmente estos minutos de silencio son un paripé, pero aquel fue otra cosa, nadie hablaba, nadie sonreía, algunos lloraron y a otros se nos encogió el corazón. Llegue al Colegio Mayor pronto en relación a la hora que debía llegar, de camino pasé por delante de algunos bares y tiendas, nadie reía, nadie hacía bromas y la tristeza inundaba a todo el mundo, sé que es difícil de creer, pero Madrid entero estaba consternado. Me quedo con una reflexión de una de las víctimas:

“Han pasado 10 años y hoy puedo decir que no tengo rencor, no siento rabia. Desligarte de aquel recuerdo es imposible, tampoco quiero hacerlo. Lo que realmente me hace avanzar sin mirar atrás es ver cómo mi hermana ha conseguido reinventarse, a pesar de sus secuelas y su lucha judicial para el reconocimiento de dichas secuelas (todavía hoy lucha inacabada que la impide pasar página). No puedo estar más orgulloso de ella, viéndola  terminar su carrera de Derecho, carrera que probablemente nunca hubiera iniciado de no ser porque aquel 11 de Marzo por muy poco se vio privada del más absoluto de los derechos, del derecho a vivir”.

Sí, la misma tarea, difícil, de hace 10 años: Olvidar recuerdos.

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