Los periodistas de cada Vietnam literario de Flannery O’Connor, hoy desde Siria


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Los dos periodistas españoles que estuvieron secuestrados durante más de seis meses en Siria regresaron a casa. Aparte de alguno de los 20 libros de Kapuscinski basta leer uno que recuperé este fin de semana: Nada y así sea, de Oriana Fallaci, para entender y casi sentir “el valor” que se requiere para cubrir una guerra de verdad: “Los vietcong disponen de morteros ligeros, transportables: te metes por una calle que parece tranquila, oyes un silbido y no tienes ni tiempo de arrojarte al suelo, porque el proyectil ya ha explotado. ¡Cuidado, a tierra! ¡A tierra! Una nube de polvo se nos mete en los ojos y nos cae encima una lluvia de piedrecillas”.

Para sobrevivir un 9 de febrero: “También entre nosotros se mezcla la comedia con la tragedia. Ayer por la noche, mientras se discutía el caso de Francois Mazure (un periodista de France Presse acusado de informar de manera parcializada), los vietcong fusilaron a dos periodistas”.

“Vi y oí aquella ráfaga, larga, larga, y de pronto sentí un gran dolor, sentí tres cuchillos de fuego que entraban en mí, cortando, quemando, un cuchillo en la espalda y dos en la pierna”. Para conmoverse y confesar que se siente miedo: “la muerte que yo conocía era la de los hospitales. Es decir, una muerte limpia, entre sábanas, con la enfermera a la cabecera de la cama. En la guerra la muerte es sucia, sola, y está llena de sangre”.

No es el Vietnam visto desde el distanciamiento literario de Flannery O’Connor, es el testimonio de primera mano, tan contundente como el de Isaac Babel en Caballería roja (1926), obra prologada por Borges que relata la guerra de los cosacos: “la crueldad y el heroísmo apenas se diferencian. La vida íntima de un soldado, en una noche de luna —verde como un lagarto—, es tan trivial o tan asombrosa como el frente de batalla”. El resultado de la observación y el rigor del mensaje, una responsabilidad que según el escritor William Ospina heredamos de Homero, “el primer cronista de guerra y quien no desdeña la atrocidad: sigue la trayectoria de una lanza entre el tumulto salvaje de las llanuras troyanas, muestra cómo se clava en la nuca de un guerrero, y no vacila en mostrarnos cómo la punta de hierro asoma entre los dientes”.

La única forma de escribir para que las guerras no queden en el olvido. Según el escritor Juan Villoro, “las verdades inverificables que concede la memoria”. Como la definió el maestro y testigo de siete guerras Javier Darío Restrepo: “la verdad provisional y fragmentaria de un periodista”.

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