Gabo y el sueño de Dorothy, ‘no hay nada como el hogar’


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DImageecía la canción de una de las películas que marcó mi infancia, El Mago Oz: “En algún lugar, sobre el arco iris, muy en lo alto, existe una tierra que soñé. Una vez en una canción de cuna, en algún lugar, sobre el arco iris, los cielos son azules y todos los sueños que te animas a soñar se hacen realidad”.

Después de visitar lugares maravillosos, llenos de magia, de seres increíbles, Dorothy, lo único que repetía una y otra vez fue aquello de “no hay nada como el hogar”…

En diversas ocasiones, García Márquez ha relatado que su recuerdo más vivido y persistente es el de la casa donde nació el 6 de Marzo de 1927, un domingo a las 9 de la mañana. Allí vivió los primeros 10 años de su vida con los abuelos maternos, en Aracataca.

Años después, en 1950 y según cuenta el escritor en sus Memorias, su madre Luisa Santiaga fue a buscarle a Barranquilla y le pidió que la acompañara a vender el viejo caserón, la casa de sus padres. En esa época, la única manera de llegar era en barco y a través de una gran ciénaga de aguas turbias y malolientes donde los mosquitos se ensañaban con el pasaje. En aquel viaje, el escritor leyó a William Faulkner.

Las lanchas eran muy parecidas a los buques de vapor de Nueva Orleans, pero más reducidas. Se navegaba lleno de incomodidades hasta alcanzar la población de Ciénaga. Después, en tren se atravesaba un corredor de rocas y enormes plantaciones en pueblos idénticos. Se pasaba primero por la finca de Macondo y después Aracataca.

Sobre la jungla de asfalto, así era la tierra natal del Nobel de Literatura 1982. Y en medio de esa atmósfera vial estresante se alza incólume la Sierra Nevada de Santa Marta, a más de 5.000 metros de altitud; un espectáculo que parece acercarse con sus picos nevados hasta tocar las plantaciones de banano.

Esta es la casa original museo de García Márquez, según la abuela del escritor era un rancho de indios. La segunda, construida por los abuelos se quemó con un cohete en las fiestas de la Independencia y la tercera fue la vivienda familiar que se ha reproducido ahora bajo la supervisión de las hermanas de García.

En Vivir para contarla, el Nobel  describe cómo la habitación personal del abuelo servía de oficina y sala de visitas. En aquel lugar vedado para las mujeres, estuvieron políticos y militares como el general Uribe. Al lado estaba el taller de platería donde el coronel elaboraba los pescaditos de oro articulados.

El amplio comedor tiene servicio para dieciséis comensales; nadie que llegase de improviso en el tren del mediodía se quedaba sin comer en la residencia de los Márquez-Iguarán. Una vez que se atravesaba el corredor de las begoñas aparecían los dormitorios, el de los abuelos tenía vistas al jardín.

En el cuarto siguiente, se encuentra la cuna frágil y pequeña donde durmió Gabito hasta los cuatro años. Esa habitación era de la tía Mama, prima hermana  del abuelo Nicolás. Al fondo del corredor estaba el cuarto de la Prima Sara Emilia que también fue criada por los abuelos y el cuarto de los trastos. Frente a estos dos espacios se encuentra la enorme cocina, reino de las mujeres que allí se contaba sus cuitas y donde la abuela Tranquilina ejercía su profesión de panadera y pastelera.

El recuerdo vivo y recurrente de la vivienda de Aracataca ha acompañado a García Márquez durante toda su vida; el autor sueña “que está allí, sin edad y sin motivo especial, como si nunca hubiera salido de esa casa”. Ese espacio aparece en la primera novela de García Márquez, ‘La Hojarasca’ de 1950. Sin embargo, será más adelante, en 1967, cuando la casa de Aracataca reaparezca con una fuerza brutal en ‘Cien años de soledad’.

Y seguimos tras las casa de nuestros sueños, la búsqueda del hogar… mientras el mundo entero sigue despidiendo a uno de los genios de la literatura, yo elevo un ‘gracias’ al cielo. Gracias por esos zapatos rubíes que, querido García Marquez, tallaste de historias llenas de magia, de tanto aprendizaje, el que deja de buscar el hogar, el que se preocupa del bienestar de los corazones, encontremos donde nos encontremos, ahí está el auténtico hogar. Querido maestro, allá, más allá del arcoíris, buen viaje.

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