Adiós a la niña de los cabellos blancos, Ana María Matute


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“… El trocito de alfombra donde nos tendíamos a leer… Ésa era mi tierra, ésa era mi ciudad.”

El mundo de las letras despide a Ana María Matute que fue, sin duda, una de las escritoras de mayor prestigio de las letras españolas. Galardonada con premios como el Nacional de las Letras o el Cervantes, fue, además, académica de la RAE.

Imposible no acordarse de ‘La niña de los cabellos blancos’, un documental, emitido por La 2 de TVE, como homenaje a Ana María Matute. Acompañado por imágenes de archivo y con la participación de sus familiares más próximos y destacadas figuras de nuestra cultura, amigas como Ana María Moix o Esther Tusquets, el presidente de la Real Academia de la Lengua, José Manuel Blecua, o escritoras sobre las que ha infldib03uido, como Espido Freire o Lucía Extebarría.

De forma única y con gran personalidad contaba Matute cómo vivía entre los algodones de la burguesía catalana hasta que estalló la guerra civil y pudo ver una realidad muy diferente. Especialmente en Mansilla de la Sierra (La Rioja), donde veraneaba y jugaba con otros niños envueltos en la pobreza y duros trabajos para su corta edad. Allí, Ana Mª conoció los horrores, privaciones y miserias del contexto histórico que le tocó vivir, en definitiva la dureza de la vida muy presente en sus relatos. De ahí que la fantasía, de la que se inspiraba en el bosque, y la realidad se dan la mano en muchas de sus obras.

Por todo ello, los príncipes de Matute no son tan azules como los de muchos cuentos de hadas.

A los 81 años, según cuenta la Crónica de Guadalajara, se encontró de frente con una pregunta insólita (o quizá no tanto) planteada por un adolescente: ¿Qué quieres ser cuando seas mayor? “Carpintera”, repuso Ana María Matute, sin dudarlo. Amor por la carpintería que tiene su fundamento en una definición tan bella que parecía surrealista: “La madera es el único ser vivo que cuando muere huele bien”.

En definitiva, “escribir es siempre protestar, aunque sea de uno mismo”, palabra de niña, que aunque con pelo blanco, derrochaba mucha verdad; un combustible todavía sin explotar y, encima, renovable.

 

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