Recordamos 25 años sobre el muro de Berlín, olvidamos las primeras piedras de otros muchos


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Los muros, o cualquier valla física, siempre separan. En un espacio geográfico dividen países –son, casi siempre, fronteras–, poblaciones dentro de un mismo país, ciudades, sistemas de gobierno y grupos sociales; separan, en fin, “bárbaros” de “civilizados”. Históricamente su única justificación posible –relativa, por cierto– es que sirvieron, la mayoría de las veces, como defensa. Aún quedan vestigios, y más que eso, en muchas partes del mundo. El más famoso es la inmensa, extensísima, inigualable Muralla China. Otros, más cercanos, son las ruinas de algunas murallas romanas –incomparablemente menores en todo– que duran desde hace más de dos mil años; fortalezas casi inexpugnables, ciudades amuralladas y demás artefactos sirven de recordatorio.

Ningún muro tiene buena fama, ni siquiera los defensivos. Muestran un fracaso. Cualquiera haya  sido la razón para su construcción, no puede dejar de concluirse que no se encontró una solución mejor. Esta afirmación se torna mucho más evidente y difícil de contradecir en los tiempos modernos.

Introduzcamos otra variable: la graduación del mal. Es decir, puede considerarse que hay males “peores” y otros “menos malos”. Esto sólo es evidente en las situaciones límite, donde los juicios de valor transitan por el filo de la navaja, a pesar de la resistencia moral que suscita.

Sumemos otra variable para aproximarnos a un juicio: las vallas físicas de cualquier naturaleza son equivalentes a muros, es decir, merecen el mismo nombre y similar evaluación negativa. El “ingenio” del poder –casi siempre es algún poder el que construye un muro– ha levantado vallas de diversa especie y con diferentes resultados.

Una última variable antes de intentar combinarlas: toda sociedad tiene derecho a autodefenderse, incluyendo la admisión intramuros. Si esto no se acepta, toda política migratoria, entre tantos ejemplos similares, sería ilegítima.

Y bien: hoy el mundo vive un momento difícil en cuanto a la subsistencia de políticas, instrumentos, modalidades y criterios diversos respecto de cómo contener, limitar, impedir, expulsar y “defenderse” del movimiento de personas en toda la geografía. Las experiencias vividas en la segunda mitad del siglo XX, en la que fue emblemático el Muro de Berlín, han deslegitimado cualquier tipo de construcción similar, aunque los objetivos no sean los mismos. El de Berlín no fue único por su construcción sino por su intención y sus consecuencias política, social y humana. Fue planificado especialmente para impedir la salida, si bien controlaba ambas direcciones –quienes transitamos por el “check point Charlie” lo conocimos bien–. Sin embargo, su principal objetivo y “virtud” era frenar la salida. Eso lo hizo especial y único. Separó durante 28 años a la población de un mismo país, hoy reunido; dividió no sólo la ciudad de Berlín, a la que rodeaba un muro de más de 170 kilómetros de extensión, sino las dos partes de Alemania, la occidental y la oriental, con una frontera de más de 1300 kilómetros de valla electrificada, acompañada por un espacio de casi un kilómetro de “tierra de nadie”, con campo minado incluido.

A la hora de comparar se debe ser cuidadoso. El afán por condenar, explicable y meritorio, no puede dejar de tener en cuenta las diferencias, que no son meramente de grado sino de especie. Veamos algunos ejemplos actuales de vallas y muros que dividen poblaciones, creando fronteras “duras”, casi insalvables.

Primero, los menos conocidos. Existe una valla, que es una zanja profunda, con impedimentos en algunos sectores y control militar, que atraviesa centenares de kilómetros entre Yemen y Arabia Saudita. Fue construida por éste último país para impedir la libre circulación a través de la frontera. Es una zona cuyo límite fue fijado hace menos de diez años y donde circula una población difícil de diferenciar por tratarse de tribus que habitan a uno y otro lado.

Yemen es un país inestable políticamente, cuyo gobierno central no logra controlar ciertas zonas, y donde se han refugiado bandas terroristas provenientes de otros países, tales como Iraq o Afganistán. Defenderse de la penetración terrorista en territorio saudita, es el objetivo. La consecuencia, aunque sea menos querida, es la separación de tribus, clanes y familias. Una valla divisoria “dura”.

Una construcción similar, mucho más extensa, divide al reino saudita de Iraq. Aquí el objetivo defensivo es aún más obvio, y las poblaciones que separa, en uno de los desiertos más inhóspitos, son realmente escasas. Pero la valla existe.

Las varias fronteras divididas con vallas y muros, controles y fuerte presencia militar en la jerga suelen llamarse “calientes”, y vaya si lo son. Dos de los ejemplos más importantes son las que separan a las dos Coreas –tal vez el lugar más tenso del mundo– y la India de Paquistán, sólo un grado menos. En nuestro continente, la ya emblemática frontera entre los Estados Unidos y México, con muros, vallas, controles con todo tipo de artefactos y pretendida inflexibilidad, es hace años un “modelo” de lo que queremos expresar.

Por último, el muro que divide a la población palestina –en parte de su propio territorio– de la israelí, que separa a miembros de las mismas familias, es uno de los más duros. Es extenso, muy complejo en su diseño, muy controlado, con varios pasos. Penetra en ciudades, barrios y divide hasta viviendas. Su finalidad es contener posibles ataques a la población israelí. Visto desde cierta altura, se asemeja al de Berlín, pero éste tenía un espacio del lado oriental, la “tierra de nadie”, cuya  vigilancia era de tal crueldad que costó centenares de vidas.

El muro israelí, sin llegar a ser tan terminal en su fatal eficiencia, construido en estos tiempos, resulta menos admisible. El muro caído en 1989 no puede haber pasado en vano; no debería ser concebible construir otros, aunque no lleguen a su extremo. La mera “teoría” del muro como instrumento de defensa o de contención está acabada.

Debería ser tan irreversible su condena como lo es la inadmisibilidad de la esclavitud o de la tortura. Hay errores o, digamos mejor, pecados, de los que no puede concebirse su repetición. Si una lección nos dejó 1989 debería ser ésta, tal como pasó con la tragedia de la Shoah o incluso nuestro Nunca Más.

Por otra parte, es difícil, casi imposible, entender que no existan otros medios para la muy legítima defensa de los ciudadanos de Israel de cualquier tipo de ataque terrorista. Uno de los países más avanzados del mundo no puede ofrecer el espectáculo de fracasar en una operación que debería encararse sin llegar a los extremos de un muro. Eso es lo que sorprende primero, y hasta ofende después, respecto de esta separación. Es una forma tácita de rendición que acepta la incapacidad de encontrar una vía compatible con los paradigmas actuales de la civilización.

Esto debe, además, ser válido para todos. No caben aquí las pretendidas diferencias “culturales”, que no son más que excusas. No se trata de abandonar los conceptos de frontera, población propia y ajena, soberanía territorial o autodefensa. No se trata de eliminar los países y crear una especie de gobierno mundial. Se trata, más bien, de dejar de lado formas y medios demostradamente inaceptables por su inhumanidad. Los muros, todos, son indignos del hombre, tanto del que los sufre como del que los construye.

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