‘Si yo nací en el mediterráneo’ suena distinto en Libia


A mediados del s. XVIII el capitalismo se consolidó en Europa Occidental y EEUU. Estas regiones, que practicaban un fuerte proteccionismo económico para proteger y fortalecer sus industrias y economías, recorrieron el mundo en busca de nuevos mercados y materias primas, práctica que daría lugar al imperialismo.

Una de las acciones que ilustran el inicio del imperialismo en África fue la Conferencia de Berlín (1884 – 1885), en la que Bélgica, Francia, Alemania, Italia, Portugal, España y Reino Unido se repartieron dicho continente, instalando militares y gobiernos favorables a sus intereses. De este modo, Europa se hizo con ingentes cantidades de materias primas a precios ínfimos, lo que permitió que su industria se desarrollase.

La expansión colonial, tanto hacia África como hacia otras regiones del mundo, daría lugar a una nueva división internacional del trabajo. Los centros industrializados (metrópolis: EEUU y Europa Occidental) se especializaron en la producción industrial y las zonas periféricas (África, Latinoamérica, India, etc) se ocuparían únicamente de proporcionar sus materias primas y esclavos (mano de obra barata) a las metrópolis sin beneficio alguno. ¿Cual fue el resultado? El enriquecimiento de las metrópolis y el empobrecimiento de las zonas periféricas. Como acertadamente dijo el maestro Eduardo Galeano: la división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder.

Décadas más tarde (mediados del s. XX), hartos de ser esclavos, los africanos lucharon por su libertad. Tras largas y cruentas guerras, lograron la ansiada independencia política de las metrópolis. Sin embargo, económicamente continuaron siendo dependientes de las mismas. El brutal endeudamiento generado por los gobiernos dictatoriales y títeres de las metrópolis; el comercio desigual; la globalización capitalista y la ausencia de mercado interno e industria propia debido a la posición que ocupaban en la división internacional del trabajo; las numerosas multinacionales occidentales que operaban en suelo africano con infinitos beneficios y exenciones fiscales; el soborno a gobiernos y las mafias; el asesinato de millones de civiles y varios líderes revolucionarios como Patrice Lumumba o Thomas Sankara y los préstamos de los organismos internacionales como el FMI a los gobiernos africanos corruptos cuya devolución era inasumible, sumieron al continente en la indigencia y a los africanos en la desesperación que hoy continúa.

En resumen: África es un continente que ha sido devastado por el capitalismo mundial y el colonialismo europeo. La pobreza africana es una losa que el continente arrastra desde que primero los europeos y posteriormente los estadounidenses arribaron a sus costas e iniciaron un infame saqueo que todavía hoy persiste (al igual que sucede en América Latina).

No ha pasado ni una semana cuando una embarcación que partió desde Libia con rumbo a Italia naufragaba con más de 500 inmigrantes a bordo. Las aguas se llevaron la vida de 400 de ellos.  Otra barcaza ha corrido la misma suerte cuando se hallaba en el Canal de Sicilia. Esta embarcación portaba 700 inmigrantes, cuya localización es todavía desconocida.

De haber fallecido los 700 integrantes de la embarcación, la dramática cifra de muertes que se ha cobrado el mar Mediterráneo en lo que va de año ascendería a más de 1.500 personas. Estas cifras, sumadas a otras como la llegada de más de 5.100 inmigrantes entre el 11 y el 13 de abril o que la Guardia Costera italiana ha rescatado desde el pasado viernes a unos 8.500 inmigrantes que intentaban arribar a las costas europeas, corroboran que existe un grave problema migratorio que precisa una solución con urgencia.

Pero, ¿quién debe correr con la culpa de estas muertes?  Si nos centramos en estos dos últimos casos, fácilmente podríamos observar que el cambio el pasado mes de octubre del operativo de salvamento Mare Nostrum italiano, el cual salvó la vida de 155.000 personas que se arriesgaron a morir ahogadas en tan solo un año, por el operativo Tritón de la UE, que únicamente se dedica a patrullar y vigilar las fronteras europeas, ha tenido mucho que ver.

Ahora Europa, irónicamente, se niega a ayudar a los ciudadanos africanos que huyen de los conflictos, guerras y gobiernos dictatoriales (muchos de ellos relacionados en mayor o menor grado con las multinacionales europeas y estadounidenses allí instaladas). Niega el derecho de estas gentes a rehacer sus vidas en el continente que arrebató la dignidad al suyo. No solo eso, sino que se les insulta y menosprecia. Se les tacha de ser ilegales, se dice que no tienen derecho a estar en Europa, que pretenden robarnos el trabajo o que han conducido al continente a una crisis brutal. Pretenden además dejarles sin sanidad asegurando que no pagan impuestos mientras se les explota hasta niveles que nadie más tolera, aprovechándose de su miseria y su necesidad. ¿Se puede ser más sinvergüenza?

Es posible que hayan perecido más de mil africanos en menos de una semana en las aguas del Mediterráneo. Sin embargo, no se actuará en consecuencia. Los líderes europeos no marcharán por las calles como cuando asesinaron a los cómicos de Charlie Hebdó. Tampoco sancionarán ni lucharán por mejorar la calidad democrática o las condiciones laborales de los países africanos de los cuales procedían los fallecidos. Como mucho fingirán un dolor apenas existente, convocarán un par de reuniones de urgencia y asegurarán que se tomarán unas medidas que no solucionarán nada. No todo los grandes males emergen de los gobernantes, las multinacionales precisan una África pobre en derechos laborales y medioambientales, precisan dictadores que les obedezcan y vendan baratas sus materias primas a cambio de riquezas personales, aunque eso signifique llevar a la miseria y a la muerte a los trabajadores. Esa es la función de África en la moderna división internacional del trabajo: proveer al mundo de materias primas. Nada más importa mientras éstas sigan fluyendo hacia los centros industrializados. En eso consiste un sistema que no tiene en cuenta a las personas, sólo las ganancias. ¿Alguna vez os habéis preguntado cómo se sostiene nuestro estado del bienestar? En parte lo sostiene la miseria y la explotación de los trabajadores africanos, asiáticos y latinoamericanos. Siempre ha sido así. ¿Por qué creéis que apenas se habla de los múltiples conflictos de todo tipo que sufre el continente africano? Porque hay cuantiosos intereses puestos en ese continente y no es bueno para los directores de orquesta con muchos billetes en sus bolsillos que operan allí que sepamos los horrores que allí suceden.

Conclusión: Lágrimas de cocodrilo por parte de quienes podrían poner fin a la tragedia.

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