Un placer hipnótico tras una Rolleyflex


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Cuestión de talento, cuestión de misterio. Con una chaqueta de hombre, zapatos de hombre y un gran sombrero. La mayor parte del tiempo estaba tomando fotos que no enseñó a nadie y no tenía miedo de decir lo que sea.

Hoy mis ojos cayeron en una actualización de facebook que llevaba al anuncio de una exposición en Madrid, una de tantas a las que mi deseo de visitar siempre supera a la posibilidad de real de hacer la visita. En la capital se podrá disfrutar de una selección de la obra Portrait (self) portrait de Vivian Maier, centrada concretamente en su trabajo como retratista tanto de otros como de sí misma. Será en el Espacio Bernal (Libertad, 22) hasta el día 26.

Un sinfín de instantáneas tiernas, amargas, íntimas, profundas, inteligentes, mordaces, maravillosamente humanas. Antes, una desconocida absoluta. Nadie había oído ni visto jamás nada sobre una fotógrafa llamada Vivian Maier. ¿Cómo es posible? Su obra está a la altura de un Cartier-Bresson o un Doisneau. Artística y técnicamente, una figura de primer orden, una de las mejores cámaras urbanas del mundo. Pero Vivian Maier nunca ejerció profesionalmente, es más, disparó cerca de ciento cincuenta mil fotografías a lo largo de medio siglo y apenas llegó a revelar algunas pocas decenas. Murió a los 83 años, en 2009, en Chicago.

Todo lo que se sabe sobre Vivian Maier ha venido originado por la búsqueda de John Maloof. La web sobre Vivian creada por Maloof contiene algo más de 300 fotografías, así como el relato del descubrimiento. No tiene desperdicio. Hacer correr lentamente sus galerías fotográficas es un placer hipnótico. Pocas certezas más allá de su apariencia estrafalaria y de su desempeño laboral de una casa a otra de Chicago. En su búsqueda, Maloof va desde unos trasteros de alquiler a las afueras de la ciudad —donde da con las decenas de cajas que guardan los innumerables enseres que Vivian acumuló a lo largo de su vida, incluidos otros tantos miles de rollos fotográficos—, hasta un pueblecito en los Alpes franceses donde no resulta desconocido su nombre. Por fotografías y otros documentos se sabe que interrumpió pocas veces su actividad laboral, pero que cuando lo hizo fue para recorrer el mundo. ¿Viajes obligados para completar su obra fotográfica o simples vacaciones de una turista solitaria y curiosa? Entre 1951 y 1965 su cámara Rolleyflex disparó en Canadá, por toda Sudamérica, Asia, Oriente Medio, Europa, Florida y el Caribe.

Pareciera que Vivian hubiese decidido dar, mejor dicho, dejar testimonio de su paso por el mundo y de su visión, pero que, en un momento dado, hubiera considerado lo contrario, que luego hubiese dudado, y finalmente optado por postergar la revelación del secreto al tiempo en que ya nadie la pudiera molestar. El mundo que había retratado era tierno, pero inequívocamente desalentador. Un lugar al que pasa la luz, pero en el que abundan las sombras.

Puede ser que con los años aparezca alguna otra caja suya, repleta de kilómetros de cinta filmada, dando respuesta de puño y letra o en viva voz y mirando a cámara a todas a las mil y una cuestiones sobre ella. Mire como se mire, su obra fotográfica ya ha triunfado, y su misterio, quién se lo iba a decir, se retweetea.

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